Cómo creemos saber lo que ha ocurrido… y no era así

Una mujer tenía que viajar en tren.
Cuando llegó al andén le informaron de que su tren venía con retraso. Aquello la enfadó mucho.

Para pasar el tiempo, se compró una botella de agua, un paquete de galletas y una revista, y se sentó a esperar.

Al poco rato, un joven se sentó a su lado.

De repente, el joven cogió el paquete de galletas, lo abrió y empezó a comer.
La mujer, muy enfadada, lo miró fijamente.

El joven sonrió… y siguió comiendo.

Ella, indignada, cogió una galleta del paquete y volvió a mirarlo con enfado.
Él volvió a sonreír.

Así continuó la escena:
él cogía una galleta y sonreía;
ella pensaba:
«¿Pero cómo puede ser tan insolente? ¿Cómo se atreve a comerse mis galletas?»

Cuando solo quedaba una, la mujer pensó que al menos esa última no la cogería.

Pero el joven la tomó, la partió en dos… y le ofreció una mitad con una sonrisa.

En ese momento llegó el tren.
La mujer recogió sus cosas, subió al vagón y, desde la ventanilla, miró al joven pensando:
«Cómo pueden ser así los jóvenes de hoy».

Ya sentada, abrió el bolso para sacar su botella de agua…
y entonces se dio cuenta.

Su paquete de galletas estaba intacto dentro del bolso.

Si prefieres verlo en vídeo, aquí lo compartimos:


¿Cuántas veces creemos saber lo que ha ocurrido sin comprobarlo realmente?

¿Cuántas veces interpretamos la realidad desde nuestros juicios, nuestras creencias o nuestro estado emocional, sin detenernos a revisar qué está pasando de verdad?

No reaccionamos solo a los hechos.
Reaccionamos a la historia que nos contamos sobre ellos.

A veces el enfado, la tristeza o la indignación no vienen de lo que ocurre fuera, sino de la interpretación que hacemos por dentro. Y desde ahí damos por ciertas conclusiones que nunca contrastamos.

Esto sucede más de lo que pensamos:
en las relaciones, en el trabajo, en la familia, incluso con nosotros mismos.

Creemos saber lo que el otro ha querido decir.
Creemos saber por qué alguien actúa de una determinada manera.
Creemos saber qué está pasando.

Y no siempre es así.

Parar, revisar y cuestionar nuestras interpretaciones no nos hace débiles.
Nos hace más conscientes.

Y muchas veces, también más libres.